
“En realidad, no nos vinculamos con una cosa, sino con la relación, los significados y los sentimientos que ella representa.”
Durante los primeros capítulos del libro (a mi parecer, los mejores), Donald A.Norman establece las divisiones sobre lo que -inconscientemente o no- valoramos en un producto, estableciendo los niveles “Visceral, conductual y reflexivo” del diseño.
“En el nivel visceral dominan los rasgos, las características físicas (aspecto, tacto, sonido)”. Es decir, entre dos objetos, funcional y económicamente iguales, escogeremos siempre el que más nos guste. Eso es una elección visceral. Púramente estética.
“En el diseño conductual todo se basa en el uso. La apariencia en realidad no importa” Es decir: que funcione y que sea práctico independientemente de que sea feo.
Y por último el diseño reflexivo se centra en el mensaje que un producto permite enviar a los demás. Esa parte del diseño que se encarga de transmitir el estatus social.
“Aprendí que los productos pueden ser más que la suma de las funciones que cumplen. Su valor real estriba en satisfacer las necesidades emocionales de las personas y una de las necesidades más importantes entre todas consiste en establecer la propia autoimagen y el lugar que uno ocupa en el mundo”
Y tras hablar del diseño en la práctica se acaba lo bueno, porque lo que empieza siendo un libro interesante, se va diluyendo poco a poco en múltiples excursiones hacia los cerros de Úbeda, para acabar hablando de robótica y de cosas que no me interesan nada, lo que me ha dejado con un amargo sabor de boca.
Sobretodo porque al final, en un mal argumentado último párrafo, acaba mezclando churras con merinas y diciendo que todos somos diseñadores porque “Cuando nos sentamos y decidimos donde ponemos la taza de café, el lápiz, el libro que estamos leyendo, y el papel sobre el que queremos escribir estamos diseñando” (sic)
En fin: Tiene puntos interesantes, pero acabé aburriéndome bastante.